El rol de la U. se ve cuando sus profesionales sirven al país

Trabajador de la Casa de Bello desde 1978 e integrante del equipo que se desempeña en el edificio patrimonial desde 1986, Jorge Baeza fue parte de quienes el pasado 23 de noviembre fueron homenajeados por la comunidad universitaria tras cumplir 40 años de servicio en la institución. Su deseo de cambiar la visión sobre los empleados públicos como trabajadores flojos, la visita del Dalai Lama, y el paso como estudiantes de futuros políticos son algunos de los recuerdos -atesorados como parte de su propia historia- que Baeza compartió con Prensa U. de Chile aprovechando su posición como testigo privilegiado de numerosos acontecimientos de la historia de nuestro plantel y del país.

"Mucho de lo que sé se lo debo a la Universidad, me he podido autoeducar al trabajar acá, con la gente que he conocido aquí, entonces siento puro agradecimiento por lo que me ha dado la institución". Con estas palabras Jorge Baeza, funcionario de la Prorrectoría de la Universidad de Chile y parte del personal que desempeña sus labores en la Casa Central, condensó los intensos y múltiples sentimientos que han aflorado tras cumplir 40 años trabajando en la Casa de Bello.
Incorporado a nuestro plantel el 1 de julio de 1978 como manipulador de alimentos en el jardín infantil dependiente del Bienestar del Personal que existía en Eulogia Sánchez 02, ha podido ver los cambios que ha sufrido la institución, así como el aporte que su comunidad realiza día a día al desarrollo del país. 
En una pausa en sus labores Baeza compartió algunos de sus recuerdos, anécdotas e historias que ha ido acumulando en cuatro décadas trabajando al interior de nuestra institución.
¿Cómo llegó a la Universidad de Chile?
Lo que pasó es que yo trabajaba en una empresa de cerámicas, pero tras un accidente el médico que me dio el alta me dijo que tenía que evitar los trabajos pesados durante cinco años, lo que me significaba un problema ya que mi hija venía en camino y yo sólo sabía hacer cosas de fuerza.
Fue entonces que mi padrino me dijo "¿y por qué no se mete a empleado público? Total esos gallos no hacen nada todo el día, se queda 5 años y luego vuelve a lo que sabe hacer en otro lado”. Así comencé a buscar y alguien me dijo que estaban abriendo un jardín infantil en Eulogia Sánchez y me contrataron como manipulador de alimentos. Yo ahí también me dije que quería cambiar el concepto que tiene la gente del empleado público como flojo, porque la gente ve desde afuera pero no sabe lo que pasa dentro de los edificios.
¿Qué recuerda de su paso por los jardines infantiles? 
Fue una experiencia muy linda y enriquecedora, yo recién había sido papá y me sirvió para aprender muchas cosas que uno no sabe, a nadie le enseñan como ser papá y aprendí técnicas de alimentación. Uno le daba la comida no más a la niña y aquí todo era por medida, peso, edad y ahí fui aprendiendo a cocinar, no soy buen cocinero pero el 90 por ciento de lo que sé lo aprendí ahí. Una nutricionista tuvo mucha paciencia porque yo venía del chuzo y la pala y me fue enseñando, la señora Zaida Corvalán. 
En el '86 se viene a la Casa Central. ¿Cómo fue la llegada acá, al corazón de la Universidad?
Fue extraordinario. En esa época corría el rumor de que los jardines se cerraban entonces hablé con colegas que iban para allá, y Jorge Candia -que era de la administración-, me comentó que una persona se iba y que estaba la opción, y al día siguiente me dijo “vente al tiro” y yo estaba encantado.
Era un trabajo muy diferente porque ahora estaba con las autoridades, independiente de que la sensación acá era distinta a la que tengo ahora, todo era muy hermético, esto era como un cuartel, se trataban de comandante, capitán, me acordé cuando estuve en el servicio. No lo sentí como una Universidad, me provocó un choque muy fuerte.
Me acuerdo que mi primer trabajo fue ponerme afuera del Salón de Honor con un candado y me dijeron “cualquier persona que vea con pinta de estudiante corra y cierre el patio Andrés Bello”. Así que me paraba y sentaba en un pisillo, me relevaban para almorzar y mi función era que ante cualquier persona sospechosa cerraba el acceso.
Eran años intensos, ¿cómo se vivía en la Casa Central?
Había una tensión constante. Nosotros estábamos entre la espada y la pared, era complicado porque desde adentro nos decían que nadie no autorizado por las autoridades podía entrar y lamentablemente estábamos en el medio porque le teníamos que cerrar la puerta a compañeros que peleaban por cambios, democracia, condiciones salariales y todo estaba controlado. A la menor cosa que pasara afuera se ponía una barra que hace muchos años que no usamos. Era estar como bajo sitio en la Casa Central, que no se la fueran a tomar los “enemigos” que eran los funcionarios y los estudiantes.
¿Qué recuerdos son los más vivos de su paso por la Casa Central, qué resaltaría de estos años?
Las personas que uno tiene la oportunidad y el orgullo de conocer aquí. Uno ve la persona, la saluda y después ves la importancia que tiene a nivel nacional, político, e incluso espiritual. Porque en otro trabajo no podría aprender todo lo que se aprende acá en una Univerisidad que no es egoísta sino para todos, para quien tenga interés. Yo he tenido la suerte de conocer a muchas personas que si hubiese seguido no habría podido conocer.
También me acuerdo de la visita del Dalai Lama. Me impresionó mucho, creo que fue la vez que había más gente en el Salón de Honor, y va saliendo y yo estaba parado en la salida hacia el patrio Andrés Bello y va y me saluda, me provocó un golpe muy fuerte, todavía me da vueltas porque lo normal es que yo lo hubiese querido saludar, pero él me quiso saludar.
La otra anécdota fue una vez en una ceremonia, no se que año, de SERCOTEC, y estábamos en la caseta de sonido con don Luis Durán Fuentes y sentimos un golpecito en la puerta que da hacia el pasillo posterior y abrimos un poquito y nos pasan un papel blanco que decía “esta es una toma pacifica no es contra los funcionarios, sino contra las políticas de las autoridades”, y yo ingenuamente me acerqué a la persona que estaba dirigiendo la ceremonia y le digo bajito “se tomaron la Casa Central” pensando que la señora reaccionaría bien y me explicaría cómo íbamos a evacuar el salón. Pero pasó todo lo contrario, pegó un grito tremendo: “¡Se tomaron la Casa Central!”, y se provocó un desbande, todos tratando de escapar por el hall principal que estaba cerrado porque afuera estaba Carabineros lanzando gases lacrimógenos, y yo me arrepentía, por qué no me quedé callado porque por tratar de hacer lo mejor, salió peor.
¿A quiénes recuerda que han pasado por aquí siendo estudiantes y que luego volvieron como personas destacadas o autoridades?
Me acuerdo de Germán Quintana, Yerko Ljubetic y Carolina Tohá; ahora en los últimos años Gabriel Boric, Camila Vallejo, después Camila Rojas que son parlamentarios, incluso Elizalde que ahora es presidente del PS compartíamos aquí, tocaba la guitarra me acuerdo. En general a los presidentes de la FECh uno los conoce, tienen una buena relación con nosotros y luego varios tienen una posición importante.
¿Qué siente cuando se habla del papel de la Universidad en el país?
Desde mi humilde punto de vista, la Universidad cumple un gran rol. Uno a veces no lo nota, pero se ve en las consecuencias cuando los académicos y profesionales que se forman acá sirven al país, al pueblo.
Mucha gente a lo mejor no lo valoriza, pero sí que es importante la Universidad de Chile. Ojalá pudiera hacer mucho más porque da gusto cuando uno ve en los medios a un profesor de la Universidad con su investigación sobre el cambio climático, o sobre astronomía con el profesor Maza que ahora es un rockstar, da gusto verlo además que es muy lúdico para enseñar.
¿Cómo lo ha marcado su paso por la Universidad de Chile?
Creo que yo a la U. le he dado el 80 por ciento de mi vida y la Universidad me ha devuelto el 200 por ciento. Formé mi familia, pude educar a mis hijos, tengo mi casa y este es el único trabajo que he tenido en 40 años. Soy un agradecido de la Universidad y creo que recién le tomé el peso cuando el Rector al ponerme la medalla me dio las gracias, y yo le dije que al contrario, yo soy el agradecido. Fue una emoción muy grande recordar cuando inicié el 1 de julio de 1978 a las 8 de la mañana en el jardín infantil, hasta el viernes en el Salón de Honor. Un orgullo muy grande.
Mis hijos toda la vida me han visto y han funcionado con la Universidad. Les quité tiempo a ellos también por la Universidad pero ellos dicen que no me guardan rencor por eso, entienden que fue mi trabajo y que sobre todo en el período álgido entre el 85 y el 89 por ahí teníamos que cubrir turnos especiales, que habían puesto una bomba en el patio inglés y nos hacían tener turnos en las noches a cuidar la Casa Central.
Lo que me gusta ahora es la integración que se ha producido acá. Cuando llegué cada oficina estaba por su parte pero hoy la gente se conoce, se saluda, se reúne. Que la juventud se apoye entre ellos, sean personas y también funcionarios y participen de las reuniones, compartan, es una gran alegría para mí.Texto: Felipe Ramírez Fotografías: Alejandra Fuenzalida Prensa-UChileMartes 27 de noviembre de 2018