Columna de opinión de la decana Marcela Pizzi

La decana de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo revisa en esta columna cómo a partir de coyunturas en materia patrimonial como ha sido la declaratoria de Monumento Histórico Nacional de la Villa San Luis, "se retoma el debate respecto al valor del patrimonio para nuestra sociedad, se retoma asimismo la necesidad de modificar la Ley de Monumentos Nacionales, largamente analizada, sin embargo luego de la tormenta, regresa la calma, hasta la próxima inminente demolición".En los días recientes, nuevamente el valor del nuestro patrimonio construido ha estado en el centro de la polémica. Ello a causa de la apresurada protección, por una parte, de la emblemática “Casa Italia” en Viña del Mar y de la Villa San Luis en la Comuna de Las Condes, así como la sorpresiva aprobación por parte de UNESCO a la construcción del Mall Barón en Valparaíso.
En los dos primeros casos, llama la atención la reacción extemporánea y tardía, a partir de la presión de integrantes de la ciudadanía. En el segundo, el desenlace de un largo conflicto caracterizado por intereses contrapuestos, en una ciudad declarada patrimonio de la humanidad.
Pero, ¿por qué es relevante preservar nuestro patrimonio construido? Porque este es el reflejo que a través de generaciones representa nuestra historia y la construcción de nuestra sociedad. Sin embargo, en nuestro país aún no ha sido posible, generar una verdadera “cultura” respecto al conocimiento, puesta en valor, preservación y reuso de valiosas estructuras que han configurado el paisaje cultural de nuestras ciudades.
A pesar de los destacados esfuerzos realizados por aquellos dedicados a ello, académicos, profesionales, integrantes y organizaciones de la sociedad civil así como los integrantes de los organismos públicos destinados a dicho fin, el conocimiento y valoración por parte de la sociedad en su conjunto aún es insuficiente y valiosas manifestaciones de nuestra cultura aún son “invisibles”.
Varios son los componentes que influyen en ello, como la insuficiente sensibilización y transmisión de los valores asociados a nuestro patrimonio en la enseñanza temprana; el escaso número de académicos y profesionales dedicados a su identificación y cultivo en la Academia y los Municipios a lo que se asocia la falta de financiamiento adecuado para ello como para acciones reales de preservación y reuso.
Agreguemos a lo anterior otros aspectos: la demora en el reconocimiento de aquellas estructuras y conjuntos que presentan valores, la falta de incentivos para su preservación y recuperación así como el extremo celo en cuanto a su posible intervención, lo que termina finalmente “congelando” estas expresiones que luego con el paso del tiempo se deterioran quedando como mudos testigos de un pasado esplendor.
No se trata de detener el avance de la modernidad, ni evitar la construcción de nuevas estructuras, necesarias para albergar nuevos requerimientos, pero ello debe hacerse respetando y conjugándolos con los valores existentes. Sumemos a ello la disparidad de criterios existentes en torno a “qué” debe considerarse de valor patrimonial, en que sin duda debe primar la calidad arquitectónica a lo que se suman los aspectos intangibles representados en los hechos ocurridos en sus espacios. Es este último aspecto lo que en menor o mayor medida ha condicionado la definición de lugares de nuestra memoria en el último tiempo.
Vemos hoy, como de tanto en tanto, a partir de declaratorias de último minuto, se retoma el debate respecto al valor del patrimonio para nuestra sociedad, se retoma asimismo la necesidad de modificar la Ley de Monumentos Nacionales, largamente analizada, sin embargo luego de la tormenta, regresa la calma, hasta la próxima inminente demolición.
Sin desconocer los avances existentes en la materia, no es posible continuar con una política reactiva, sino que debemos adelantarnos a los hechos. Nuestro país debe impulsar, incrementar e invertir en el reconocimiento de su historia reflejada en nuestro paisaje construido, escenario de lo que es nuestra sociedad, solo a través de ello conservaremos nuestra identidad, herencia que cada generación recibe y está en la obligación de transmitir.
“A todos los que hoy nos dicen: 'Tomen un arte nuevo que sea de nuestro tiempo', les respondemos: 'hagan que olvidemos este enorme cúmulo de conocimientos y de crítica, dennos instituciones completas, costumbres y gustos que no se amarren al pasado… Hagan que podamos olvidar todo lo que se hizo antes de nosotros, entonces tendremos un arte nuevo y habremos hecho lo que nunca se ha visto, porque si para el hombre es difícil aprender, aún lo es más olvidar'.
Eugene Viollet Le Duc, Entretiens sur l’Architecture, Tomo I “Haitieme Entretien”, pág. 324: “No, la decadencia no es fatalmente inevitable”, Paris, 1863Marcela Pizzi Kirschbaum, decana de la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la Universidad de Chile. Lunes 10 de julio de 2017